Artículo de opinión: “Sobrarán autovías, aeropuertos y puertos”*
Tom Udall, Congresista del Estado de Nuevo Méjico en la Cámara de representantes de los EE.UU., declaró recientemente, en una audición especial del órgano legislativo norteamericano, que “el cenit de la producción de petróleo tendrá lugar en algún momento de las próximas dos décadas y potencialmente tan pronto como en el año 2010”, de forma muy similar a lo estimado por los geólogos de la Asociación Internacional para el estudio del cenit del petróleo y el gas (ASPO).
Continúa diciendo el Congresista que “la cuestión central es que no hay mucho tiempo para actuar. Debemos actuar de inmediato para prepararnos para mitigar la recesión económica y el malestar político y social que sin duda alguna acompañará la llegada del cenit de la producción de gas y petróleo. La evidencia más fuerte de que estamos ante un cenit inminente en la producción mundial de petróleo es que en los últimos 30 años la producción de petróleo ha excedido el descubrimiento de nuevos recursos”.
Ya sabemos que el declive del petróleo afecta hoy ya a 54 de los 65 mayores países productores, y que el techo del petróleo, por cuestiones físicas, se encuentra en una fecha en torno al 2005-2010, según expertos geólogos (los informes que lo niegan no aportan evidencias geológicas como hace hoy ASPO, sino estimaciones de “mercado” o los llamados “barriles de papel”). Conviene tener en cuenta que tras el declive - que puede tener una tasa inicial del 2-3% anual a partir del techo, con fases posteriores del 4-5%, según expertos, el mundo dispondrá cada vez de menos enegía para mover el inmenso parque móvil forjado especialmente en las últimas décadas, las que han pertreñado la llamada globalización. No hay sustitutos energéticos totales ante ese declive, porque el carbón o gas licuados - los combustibles síntéticos - apenas aportan hoy el 0,1% de la producción energética mundial diaria y tienen una eficiencia energética muy inferior a la del petróleo; una cantidad irrisoria también en el caso de los llamados biocombustibles, cuya capacidad de extensión está muy limitada por límites físicos de espacio para cultivar y la competencia con la agricultura para la alimentación; y no podemos esperar que el hidrógeno, hoy accionado en un 95% a través del gas natural, y que es un sumidero energético y, por tanto, da pérdidas, venga a solventar en modo alguno el hueco creciente que dejará el declive de la producción de petróleo mundial.
Es difícil asumir este escenario - de hecho, directamente se niega, aunque para ello haya también que negar las evidencias geológicas de las que nos vienen advirtiendo los expertos. Y uno de los primeros sectores afectados será el del transporte mundial. La eficiencia cada vez mayor que la ingeniería de los transportes ha conseguido en todos los medios de transporte puede amortiguar, en una primera fase, el creciente coste de los combustibles. Pero está llegando el momento en que habrá caídas en las tasas de movilidad de personas y mercancías, concentración de líneas, subvención creciente - hasta el límite de lo impensable y lo probable para los modos menos eficientes, descensos ya perceptibles y crecientes de los índices de matriculación de nuevos vehículos industriales y comerciales, problemas de viabilidad para algunas compañías de transporte, encarecimiento de fletes y billetes, etc. Influyen en este complejo escenario evidentemente el coste del combustible - se ha multiplicado por tres en un periodo de cuatro años el precio del barril Brent - y la más que previsible contracción del consumo, derivado del encarecimiento del dinero y la desaceleración económica, a su vez un reflejo, entre otros, de la llegada al techo energético mundial.
Es de una gran inconsciencia seguir construyendo nuevas infraestructuras de transportes en este escenario global de techo cercano del petróleo, que augura subidas mayores del precio de la energía usada para el transporte. Sin embargo, España y, en particular, Canarias andan embarcadas en una nueva orgía de construcción de nuevas infraestructuras de transportes. El Plan estatal y el Eje canario son el reflejo de la falta de coraje de unos responsables públicos y una sociedad pasiva que es virtualmente hoy incapaz de concebir otro escenario que no sea el del constante y alegre crecimiento, en un planeta que no es infinito y que agotamos a gran velocidad. El mito social de la nueva infraestructura, asentado tras décadas de “progreso en la movilidad” tiene ante sí una enorme pared con un letrero que reza: “este Planeta no puede seguir incrementando sus recursos energéticos; es más, cada año dará menos”. Habrá “unidad de Canarias”, pero en el impacto cultural, en forma de incomprensión, que percibirán sus habitantes, y que promete ser de órdago, porque a la mayoría social y del escenario político le costará años entender que estamos viviendo en un Planeta limitado y que entramos en el declive de la disposición de energía para movernos, que cada año tendremos que moveremos menos nosotros, y se podrán mover menos nuestros turistas…
13.000 millones de euros para construir nuevos aeropuertos, puertos y carreteras, según los datos ofrecidos por el Gobierno de Canarias. Mucho dinero urgente para otras necesidades que permitieran afrontar mejor el declive, y todo ello para conseguir que el sector de la construcción, intensivo en empleo temporal y en beneficios por obra concluida, mantenga su vigor económico en las islas cuando se confirme el desinfle del sector de la construcción residencial y turística. Una auténtica huida suicida hacia delante, y una cifra multimillonaria para guardar en el baúl de los dislates. El profesor de economía aplicada Roberto Bermejo, de la Universidad del País Vasco, está convencido de que la mayoría de las nuevas infraestructuras previstas no se construirán, porque la recesión económica que provocará el comienzo del declive del petróleo las hará inviables. Probablemente habrá que esperar, trágicamente, a la llegada de esa recesión para ver cancelaciones de estas obras absurdas que engrosarán el repertorio de errores colectivos de nuestro modelo civilizatorio.
Mientras tanto, es conveniente pedir en voz alta la paralización de los proyectos del Eje transinsular, por derrochadores de recursos públicos, absurdos en un escenario de crisis energética global y próxima contracción de la movilidad, y perjudiciales para nuestro agotado suelo, que debería ser hoy totalmente excluido de seguir llenándose de hormigón y asfalto. De lo contrario sobrarán, desde luego, las nuevas autovías, pistas de aeropuerto y diques portuarios que se pretendan construir.
*Juan Jesús Bermúdez Ferrer,

17 de Octubre de 2006 a las 11:04
Interesante tu artículo. El análisis que hacemos algunos es que si logramos paralizar un añito más la construcción del puerto de Granadilla, ya no se hará, aunque contara con todos los permisos legales. Fernando Sabaté ha investigado la historia reciente, de los años setenta en Canarias, y explica que todas estas grandes infrestructuras ya estaban proyectadas desde entonces, sólo que no pudieron hacerse porque llegó la primera crisis del petróleo del año 1973. Puede que ahora pase lo mismo. Cuando hay recesión la receta keynesiana para salir de ella es que el Estado invierta en infraestructuras. Cuando la recesión nos pille a nosotros habrá una presión tremenda para que éstas se hagan, como sea y a costa de lo que sea, sólo que será cuando justamente ya no haya financiación para hacerlas. A lo mejor los grandes constructores montan ellos su propio partido, una especie de GIL, y se presentan ellos directamente (en vez de a través de testaferros como hasta ahora) a las elecciones, con EL DIA como boletín, y las ganan, con el programa de “Grandes Infrestructuras Ya: Europa, Suelta los Fondos de Cohesión”. Los primeros movimientos puede que ya los estemos viendo.
La receta keynesiana consistía en seguir impulsando el crecimiento desde el Estado cuando las fuerzas del mercado por sí solas no bastaban. Ahora el crecimiento se ha encontrado con límites físicos que no pueden traspasarse de ninguna manera.