Se extinguen los pastores en Canarias

pastordegrancanaria.jpgEl Diario Canarias 7 publica un artículo con el título “El más rústico de los pastores“, dedicado a uno de los últimos pastores de Canarias, el Sr. Miguel Moreno Jiménez, y su señora Francisca, grancanarios de Gáldar. Como tantas otras relacionadas con la economía de subsistencia rural, el pastoreo llega a su pronta extinción por falta de relevo generacional, y cambios drásticos de la economía insular en los últimos años.

Canarias ante la crisis energética advierte que el abandono de la economía rural, de los conocimientos de las personas que conocen el trabajo en el campo no industrializado, es una pérdida de patrimonio y de saberes muy importante. Están desapareciendo las personas que heredaron de generaciones anteriores la práctica de actividades agrícolas y ganaderas locales, adaptadas al medio, y con una mínima o nula dependencia del exterior.

Reproducimos el artículo del periodista Adolfo Santana en el citado diario:

Hasta donde le alcanza la memoria, Miguel Moreno Jiménez sólo descubre pastores entre sus antepasados. Lo fue su padre, el padre de éste y de ahí hacia atrás. Tiene 77 años y se mantiene firme, en la carretera que va de Caideros hasta Fagagesto, atento a su ganado y con el perro bien atado en una de su manos.
Se define asimismo como el más rústico de los pastores», no tiene pelos en la lengua y, a pesar de que su mujer intenta que «se comporte», Miguel Moreno habla alto y claro con los visitantes sobre todo lo divino y lo humano, que para todo tiene pronta y atinada salida.
Para empezar dice que nació en «el auténtico Caideros, donde estaba la ermita» y que ha sido toda su vida pastor «y a mucha honra, que he criado siete hijos con mi trabajo, aunque sólo me viven cinco», y continúa recordando los tiempos en que sus padres y sus suegros sembraban con vacas en los llanos de Hoya de Pineda, obteniendo buenas cosechas que permitían incluso ayudar a los más necesitados.
«Recuerdo», dice Miguel, «que venían los pobres de Anzo, con sus viejos pantalones amarrados con tomizas y con las alpargatas rotas a comer tabefe con gofio. Todos alcanzaban algo, porque era mucha la necesidad que había, no como hoy, que sobran un montón de cosas».
Durante la conversación, su esposa, Francisca, trata de atemperar el lenguaje de Miguel, pero éste está por la faena de no aflojar y cuando su esposa le dice que se abroche un botón de la bragueta contesta rápido que no lo hará, dado que según él, «el pájaro muerto debe tener la jaula abierta». Es inagotable y no para de hablar de todo, pero se ensimisma sobre todo hablando de tierras, ganado y arriendos.
En un momento determinado se acuerda de la parábola entre la vida y la alpargata y, sin esperar a ver si queremos oírla, nos la cuenta, resumiéndonos que, para él, «la vida es como una alpargata: tres meses buenas, otros tres meses rotas y un mes esperando para comprar otras nuevas». No espera a comprobar si nos hemos enterado y ya se mete en otras historias.

Torero. A pesar de las continuas advertencias de su mujer, Miguel nos sigue desgranando anécdotas de una vida que, a lo que se ve, no ha tenido nada de aburrida. Ahora le toca a la última vez que salió en los periódicos y, por cosas que todavía no se explica, decidió salir en las fotos con un gorro de torero. Sólo cuando sus amigos vieron la publicación y se extrañaron de esta guisa, dice Miguel que cayó en la cuenta de que, efectivamente, «no debí dejarme hacer esas fotos, porque yo soy pastor, no torero, y el sombrero que tenía que ponerme es éste que tengo ahora». Tan rotundo como ha iniciado la conversación la corta y se despide. Es la hora de ordeñar cincuenta ovejas a mano y es una tarea dura que ya le afecta, sobre todo a las rodillas. Con esa leche se hará el queso del que viven todos.

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