La Provincia: Canarias ante “el fin de la era del petróleo barato”, en un artículo de análisis de Antonio G. González

CurvaHubbertASPO.jpg El Diario La Provincia publica un artículo de Antonio G. González que refleja, bajo el significativo título de “El despilfarro busca blindaje“, la vulnerabilidad energética de Canarias ante la evidencia de que, como afirma el autor, “la globalización económica se muestra enegéticamente ya muy inestable” y de que hemos llegado ante el “fin de la era del petróleo barato”.

Por su interés, reproducimos el texto de esta información de La Provincia:Las Islas consumen siete millones de toneladas de combustibles fósiles (del que el 95 % es petróleo) al año. No se trata sólo de que sea mucho para un lugar que debe comprarlo casi todo (Alemania superó los ratios isleños de consumo por habitante en los años 60, década en la que tuvo lugar su despegue económico), sino de que hoy en día las incertidumbres acerca de su sostenibilidad en el tiempo han aflorado. El hecho es el mismo (un crecimiento económico energéticamente intensivo), pero el escenario ha cambiado (la ecuación anterior es peligrosa e incierta: la globalización económica, que asigna bien los recursos y mal las rentas, se muestra ya energéticamente muy inestable).

De esa cifra, la mitad representa el suministro de aviones y barcos, lo que da cuenta de la importancia de Canarias como centro de redistribución de mercancías y de pasaje, así como destino turístico global (una actividad inequívocamente intensiva en consumo de energía). La otra mitad es el consumo interior de una población de dos millones de habitantes, a la que hay que sumar 300.000 turistas de media en cada momento pero que, por la naturaleza de su estancia, doblan el consumo individual habitual: es como si el Archipiélago tuviese una población de 2,6 millones.

Pues bien, de los 3,5 millones de toneladas de petróleo de consumo canario en torno al 50 % se lo lleva la generación de electricidad y de agua: las centrales eléctricas convencionales y unas desaladoras movidas por combustibles fósiles que ya producen más de la mitad del consumo local son unas ingentes consumidoras de carburantes. Y, de otro lado, otro 40 % representa el consumo de un transporte viario (vehículos privados en un grado extremo en las Islas) que crece desbordadamente a lomos del constante incremento de unas infraestructuras de carreteras que se han vuelto un factor contaminante y un paradigma de ineficiencia en un horizonte de ahorro y reducción de la dependencia energética al que obliga hoy el estado del mundo.

UN EFECTO PERVERSO. Si en origen la inversión en infraestructuras de los años 90 tuvo por objeto una celebrada y pendiente modernización de la conexión insular e interinsular, rebasando unos ratios de conectividad muy atrasados respecto de la media española (y que hacían perder mucho dinero a empresas y particulares), finalmente el incremento del parque de vehículos derivado del desarrollo económico canario ha acabado anulando los objetivos alcanzados. Y ha convertido a esas infraestructuras en una máquina de despilfarro de fondos públicos, contaminación inducida y consolidación de la dependencia energética.

Se trata, en realidad, de un modelo de desarrollo en dos fases: la inserción canaria en la economía global como nodo turístico, como estación de consumo de una producción globalizada (y muy contaminante al consumir mucho transporte en su juego de productos de todos lados colocados en todos lados) y como supuesto hub comercial del Atlántico Medio Oriental es el primero. Y, en segundo término, la construcción de un mercado regional de bienes y servicios que, a su vez, integre de nuevo al Magreb y África Occidental como hinterland en la era global a base de infraestructuras y de servicios de transporte. Es un modelo audaz, por lo que tiene de encaje en la línea de flotación de los nuevos tiempos. Y ha funcionado (la renta media y el consumo se han disparado) aun con las contradicciones propias de toda economía opulenta. Pero, sin embargo, su premisa de partida está siendo hoy velozmente cuestionada por las condiciones sobrevenidas de la época: la llamada modernización canaria está basada en un escenario (impugnado ahora) de precios estables de los carburantes para los próximos 20 años. Y, si bien tal inadvertencia fue producto de un momento (reciente) que no había tenido aún que pensar en serio los desafíos derivados del cambio climático en términos energéticos, no cabe ya eludirlos sin que ello necesariamente tenga que significar una renuncia, por otro lado imposible, al encaje en la escena global. OÍDOS SORDOS. Es en este punto donde Canarias falla con estrépito (al igual que falla España en su conjunto). Con unas tasas de crecimiento interanual de consumo de energía desbocadas (en algunas islas de hasta el nueve por ciento cuando la media europea no sobrepasa el IPC), una nula política de ahorro frente a la enorme intensidad energética del principal sector económico (los servicios turísticos) o la electrificación avanzada de los hogares (generalización de aires acondicionados, aparatos electrónicos, jacuzzis…) y, en definitiva, una intensidad energética (energía producida por unidad de producto interior bruto) en claro ascenso, las Islas eluden aplicar sus correcciones a los riesgos de la globalización. Y están recorriendo el camino contrario al de la eficiencia energética que esgrimen como logros tangibles Alemania, incluso Francia. Y que es, de hecho, el pasaporte hacia el futuro.

Basten dos ejemplos de manual: para el periodo 2007-2016 está previsto invertir casi 8.000 millones de euros en anillos insulares, nuevos puertos, ampliación de aeropuertos y subvenciones al transporte de todo orden. Y, en paralelo, si bien el recién aprobado Plan Energético de Canarias 2006-2015 establece unos ambiciosos objetivos (25 % de electricidad con fuentes renovables en 2015 a partir de la prima pública nacional a productores privados a cargo de la tarifa eléctrica, ratios de ahorro muy fuertes), en la práctica sucede lo contrario. Unelco-Endesa, por poner un ejemplo, tiene concedido un aumento de un 55 % de la potencia eléctrica en las Islas respecto a la disponible en 2006: unos mil megavatios más. Justamente ese volumen de energía eólica es el que en el Pecan está previsto licitar. Pero el último concurso eólico, hecho público hace unos días, lo ha reducido a la mitad: 440 megavatios. El incumplimiento del compromiso no ha tardado ni un mes. Se barajan ya dos nuevas centrales térmicas en Gran Canaria y Tenerife mientras se estrecha la introducción de base de energía renovable al sistema. El Pecan es papel mojado. El único avance que parecía contar con previa y, en este caso, activa voluntad política -la introducción del gas, mucho menos contaminante que el petróleo- no logró el mínimo consenso. Y está parado. DOBLE BLINDAJE. Muy al contrario, el Gobierno y los principales grupos económicos isleños parecen confiados en los amortiguadores que las Islas prevén utilizar frente a las consecuencias del fin de la era del petróleo barato. La condición ultraperiférica será esgrimida en la UE para eximir a las rutas con las Islas del futuro coste fiscal del transporte aéreo y mantener las ayudas (en ascenso previsible) a los traslados de mercancías y personas. De otro lado, se prevé que la cercanía canaria al mercado turístico emisor europeo actúe, por el contrario, como ventaja frente a los destinos emergentes alejados. Y que la reducción hipotética de rutas del transporte internacional de mercancías (y el encarecimiento de lo transportado) en un escenario energético hostil afecte lo menos posible, dado que hubs redistribuidores como las Islas serían por razones obvias lo último en someter a ajustes. Todo, en fin, menos ofrecer una contribución: Canarias como carga. Y, como se verá en la próxima entrega, escaparate de hitos ambientales aislados que, sin embargo, podrían armar una magnífica respuesta.

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